sábado, 26 de mayo de 2012

La fijeza de los deseos





Dentro del movimiento poético costarricense contemporáneo, nos encontramos casos destacados como el poeta Gustavo Solórzano Alfaro, que por la naturaleza de su obra poética, abaza más lo contemporáneo que lo costarricense, y esto no es de ningún modo negativo, por el contrario, su obra  lleva lo costarricense (por así llamar a un “sabor literario” como podríamos decir lo argentino o lo hundureño) a lo contemporáneo, usando para ello, en beneficio de la buena literatura, no los estereotipos sino la frescura de pensamiento. En esta temprana poesía, sin embargo, Gustavo más que por el intelecto se decanta por lo emocional, por lo íntimo, abriendo, para quien es capaz de ver, los secretos de su corazón. En cuanto a lo contemporáneo, más adelante volveremos sobre el tema.
“Fijeza de los trenes” no solo es una confesión, sino un deseo hecho palabra, que se conecta con cada uno de nosotros, puesto que, aunque sea secretamente, todos tenemos deseos semejantes. Pero antes de decir algo más, leamos el poema:
Fijeza de los trenes
I
Me vengo fijando desde hace mucho.
Doy vueltas,
acaricio cada contorno de piedra y sal,
y yo me fijo y no hay nada.
Nada que pueda hacerme sentir de otra manera.
De otra forma menos ligera y tranquila.
¿Te has fijado?
Mira cómo puedo quedarme:
fijo en un punto,
en un punto sin salidas ni senderos,
sin otra aspiración que quedarme sentado,
esperando,
hastiado de mí mismo,
como una estatua, un lecho,
un árbol sin ramas ni raíz.
La fijación se me vuelve una angustia
y la angustia una apatía
y la apatía empieza a enojar mis manos
y mis manos también se quedan mudas,
fijas y absortas,
moderadas y abiertas.
Deambulo por estas calles
con los pitos de los carros
queriendo fijarse
en mis oídos.
Y me quedo fijo de nuevo:
fijación siempre.
La fijación no es un instante.
La fijación es toda la vida.
II
¿Por qué te quedas en el portal de mi puerta?
¿Por qué no entras y platicamos de nuestros hastíos?
Ya no puedo soportar más verte ahí
de pie, esperando,
solapada en el umbral de mi puerta,
cavilando mi defunción,
tomando medidas
para el traje que habrás de hacerme en la mañana,
vestido de encajes como el de la niña muerta.
Y mamá llama a todos a comer.
Y todos comemos
y nos vamos de nuevo a jugar.
Y el cartero insinúa palabras
que se quedan en ciudades
donde mis manos juegan a ser niñas,
y niños que pronto descubren
la delicia del hastío,
y entonces viven para él,
se alimentan de él y lloran con él,
y penetran a solas
los lugares donde yo estuve hace mucho.
Vamos, entra,
¿no ves que me canso de hablar solo?
La puerta,
tu figura carmesí
en la sombra de mi puerta.
No entras, tienes miedo,
todos tenemos miedo:
las personas que buscan
el calzado de su medida en tiendas equivocadas,
los señores apurados
que no saben que el tren hace mucho ha partido
y que la estación de tren fue clausurada
por unas manos ilustres
y por eso el tren nunca más regresa,
y sus esposas se quedan esperándolos
al otro lado,
sin saber que nunca llegarán
porque el tren fue clausurado hace mucho.
Y sus hijos ya son grandes y van a la escuela
y la maestra les habla de la historia de los trenes
y los niños no saben
que esa es la historia de sus padres;
de las personas que buscan trajes a su medida
en las tiendas equivocadas
porque el tren fue clausurado.
Y los niños ya son abogados y arquitectos,
y tienen en su puerta una mujer indecisa.
Y uno de esos niños, ahora grande,
convertido en abogado y arquitecto,
levemente susurra, cada vez más audaz
-porque ahora ya es grande y fue a la escuela y creció solo-
susurra a la mujer,
a la mujer detenida en el umbral de su puerta:
-Por favor, entra, ¿no ves que triste y solo que me siento?
¿No quieres entrar?
¿Prefieres quedarte ahí en el umbral de mi puerta?
Y la mujer le responde:
-Me vengo fijando desde hace mucho,
y ser el instante -efímero y eterno-
es lo único que puedo darte.
Y entonces el muchacho, ahora grande,
compra un tiquete para el tren de las doce,
pues ha olvidado que su maestra le hablaba
de que habían clausurado los trenes.
IV
Hasta este punto llega mi hastío.
Hasta sus propios y desnudos límites de asfalto.
Solo sirvo para escribir que escribo,
para decir lo hastiado
que estoy de mí mismo.
Yo quisiera volver al mundo,
eso es todo lo que quiero.
Mundo, lejanía que se pierde.
No me encuentro,
no te veo, no veo a nadie
y la estación del tren está vacía.
¿Qué me pasa?
¿No será todo producto de estas líneas
que no saben tampoco dónde detenerse?
A veces solamente quisiera descansar,
sin estar obligado a escribirlo todo,
a pensarlo todo y a exprimirlo todo.
Palabras vacuas como todas las palabras.
Profetas de otros lugares
que a veces mi vista quisiera conocer,
pero si los conociera,
lo conocería todo y lo sabría todo,
y entonces el hastío sería otro.
El hastío de serlo todo
para siempre y hasta siempre:
dios seguro de lo que debe hacer,
dios al borde del pecado y siempre bajo control,
comprando en las tiendas correctas,
tomando el tren en punto
porque los trenes no estarían clausurados.
Y entonces podría decirte de nuevo:
-¿Quieres entrar,
o prefieres quedarte al borde del camino,
dónde el mundo ya no es mundo
y mis manos no lo alcanzan,
dónde el hombre está perdido
y sus pasos no se escuchan?
¿No vas a entrar?
Y tu voz no me responde
y me quedo solo a la orilla del mundo,
y nadie me espera al final de la estación,
y yo pregunto por qué los trenes tan vacíos y tan quietos
y el mío que no llega,
y tu piel que se aleja,
y yo me quedo fijo, esperando,
como si algo estuviera a punto de ocurrir,
pero nada pasa
porque los mundos fueron clausurados desde siempre.
Y yo fijo, mirando la estación, tu figura,
mi propia fijeza al borde de los cielos.
Y nada ocurre,
y todo gira y permanece como si algo nuevo
estuviera por fin a punto de ocurrir.
Pero todo quieto,
y nada.
Nada pasa por el mundo.
El poema completo es más extenso, pero para lo que nos ocupa, este fragmento es suficiente. 
Pues bien, la palabra fijeza la RAE nos la define como firmeza, seguridad de opinión, y seguidamente, como persistencia, continuidad. Pero “Fijeza de los trenes” no nos habla de eso exactamente. ¿De qué nos habla? ¿Fijar nuestro deseo en la nada o en la ausencia de lo deseado? ¿Nos habla de la estructuración de algo que niega lo que se es, que separa las raices que tiene en un afán de reinvntarse, de ser la raíz de lo que vendrá a partir del propio deseo? Pareciera que expresa la conciencia de que se quiera o no formamos parte de algo, y su fijeza genera horror al contraponerlo al deseo de la libertad, de lo que se piensa o desea que ella sea. O a lo mejor los versos dilucidan una lucha contra la rutina de lo cotidiano y la sumisión a las reglas sociales y a que sean otros lo que determinen lo que se puede hacer o no. Parece que se comenta desde la visión de la niñez o mejor que eso, desde el deseo de un niño. Vemos reflejado el horror de quedar fijo en un engranaje de la vida haciendo o siendo algo que no creemos que es lo que nos pertenece: ejecutar una tarea por imposición, por no haber podido llegar a tiempo a otra circunstancia, un momento espacio temporal, que nos hubiera dado más placer, que nos hubiera hechos más felices. Incluso habla del papel de la mujer: ella otorga ser fija en él, es decir estar allí para su realización, para que él se complazca. Vemos pues, una exposición de la conciencia de la vacuidad de los placeres mundanos, la evolución de los deseos: se vislumbra, más que con el entendimiento, con la percepción del deseo mismo, cuán insatisfechos quedamos aunque el placer de lo mundano cada vez sea mayor. No basta.
“Fijeza de los trenes” no nos habla de los trenes, ni siquiera de la fijeza, pues es el esbozo de un deseo que ha sido atisbado a través de la sublimación de la materia, en la que nos satisfacemos de manera primaria. ¿Pero es que hay algo mejor? es acaso la pregunta. Allí reside el poema, en ese deseo hacia mundos más elevados. No se nos muestra el camino, ni los medios, ni siquiera de qué se trata, pero se nos da el primer paso: ese deseo por algo más elevado.
¿Y el tren, y la fijeza? Supongamos que queremos ir de nuestra ciudad a una mejor, y que se llega en tren, como podría llegarse en autobús o en barco. Tenemos la certeza de lo fijo (los barcos, los autobuses, los trenes, es decir, el mundo físico), pero no la seguridad del viaje. Un ejemplo en comparación sencillo es ir a la luna: sabemos que ahí está, podemos verla. Otra cosa es el valor de hacer el viaje, pues no hay seguridad de llegar vivos. Pues bien, si en cambio deseamos de repente hacer un viaje hacia un “lugar” desconocido, en una “nave” desconocida, que no sabenos quien guía, la única fuerza que nos guía es querer hacer el viaje. Pero antes de querer hacer el viaje está el desear algo más que el mundo físico. Acaso es este el punto de “Fijeza de los trenes”: la sublimación verbal del deseo de cambio hacia algo más que lo material, en donde la mujer es parte fundamental del viaje en tanto completud. Pero luego viene lo demás, que es realmente el principio del camino, y saber que allí no hay el placer de una cena exquisita, ni el calor de dormir acurrucado bajo las sábanas o ganar un premio: todos estos son placeres mundanos, que no nos sacian realmente. Son ilusiones.
¿Y dónde está lo moderno? Es lo más sencillo: hay creciente conciencia en el mundo de que los placeres del ego son ilusorios.

La juive: los caminos del libre albedrío. I

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