viernes, 11 de noviembre de 2011

Crítica a "El día de la tercera revelación" por Benedicto Víquez Guzmán

El día de la tercera revelación es una novela maravillosa moderna. Pertenece a este género bajo la estructura de un paradigma polifónico que rompe con la tradicional novela monofónica. Desaparece la linealidad, la lógica causal, la dicotomía de los personajes entre buenos y malos y se abre la verosimilitud de un mundo de vivencias, sueños, denso, lleno de dudas, rompimientos, mitos, leyendas e incertidumbres.

Se estructura en diez capítulos y presenta un mural caleidoscopio de espacios y tiempo que semeja un laberinto de imágenes, sueños y sincronías. Todas narradas desde las polifonías de un solo personaje: Antonio, desde perspectivas distintas en la iniciación del ritual vida- muerte que permite penetrar en el mundo privado de su concienciación, proceso que evoca ya adulto en el momento de la muerte de su abuela.

El momento en que Antonio llega al cuarto de su abuela y la ve levitando es cuando abre una diversidad de encuentros y desencuentros, vivencias, evocaciones, progresiones, sincronías, dudas, y sobre todo se abre ante sus ojos como en un espejo laberíntico su mundo interior. Es el proceso que da inicio a ese ritual de formación en doble dirección: hacia su mundo interior y hacia el espacio y tiempo exteriores.

Así comienza este proceso caleidoscópico:

"Cuando entré a mi vieja alcoba y vi la cama al centro, creí que sobre ella alguien levitaba, por lo que, aunque no me detuve, la emoción del principio se transformó en recato y este a su vez en solaz. Me parece que duerme, oí la voz de mi madre, casi un susurro. Rigurosamente extendida, las piernas cruzadas lo mismo que las manos sosteniendo el rosario con todas las fuerzas que le restaban, segura de que aquel era el último esfuerzo de su voluntad, la abuela Claudia no pudo reconocerme cuando me le acerqué."

Es el momento justo cuando muere y a la vez crea la vida. La muerte como fin y principio, alfa y omega del proceso vital. Y este es el final de la novela:


"Me detuve por un instante a contemplarla. Parecía dormir después de una larga noche de vigilia. Su cabellera era ya completamente blanca, sin mácula. Entonces, igual que lo había hecho por la mañana, levanté su cuerpo cuidadosamente, casi retornando de repente a mi niñez, cuando conmigo en su regazo viajábamos imaginariamente hasta la capital. No pude sentir su peso, infinitamente más liviano al de pocas horas atrás, como si lo que tuviera ahora entre mis brazos fuera solo su recuerdo."

El tiempo cronológico, en la novela, no abarca más de un día, quizás una mañana. Pero abre el tiempo histórico que comprende sino una época sí un período de tiempo muy extenso en la formación de un pueblo a orillas de un río: Cañas, en la provincia de Guanacaste. Sin dejar de lado el tiempo mítico, tanto de nuestros antepasados como de la cultura china y sin dejar de lado el tiempo psicológico propio del personaje en su viaje privado a su interioridad. Y todo ello escrito en poco más de doscientas páginas.

Es en ese mismo día que suceden las tres revelaciones, pero no se crea que es fácil encontrarlas, que se disponen una tras otra y el lector las reconoce con facilidad. Ellas están esparcidas en ese laberinto de imágenes, sueños y recuerdos, vivencias que como en un remolino, en cámara lenta, nos envuelve, nos sumerge en el ojo, motor del movimiento y nos invita a "ver". Así la novela se convierte en un ver y junto al personaje asistimos a ese proceso de formación envueltos en esa trama compleja, llena de cenizas, niebla, luces sobrenaturales, animales míticos, encuentros culturales, frustraciones, pasiones, amores, viajes increíbles, todo bajo ese proceso, esa búsqueda de su proyecto vital en medio del remolino vida- muerte.

Y Antonio asiste y ve, en sueños su propia existencia en lucha contra los patrones recibidos e impuestos por la sociedad patriarcal, el modelo ideológico religioso, las costumbres, leyendas y mitos de una cultura que aniquila el ser, da muerte e impide Ser con mayúscula, Vivir su propio proyecto.

La abuela es la viva encarnación de esa familia, el roble que alimenta los cimientos de los nuevos miembros que giran en derredor de la matrona. Ejemplo de entereza, decisión, nobleza, fuerza, pasión pero también producto de la violación, el desamor, del desarraigo. Es la fuente que alimentó a Antonio, es el ejemplo que penetró ese retoño desde niño y codificó bajo sus estrictos pero nobles valores. Sola, casi huérfana, de niña sufrió, esta mujer indomable, la violación de parte de un gamonal machista, a escasos diez años y luego sufrir los vejámenes de amantes fugaces que pasaron por su vida solo por lapsos de tiempo determinados. Y sola con sus hijas y nietos se abrió camino entre ese mar de incertidumbres, congojas, ultrajes y vejaciones.

Antonio no es un personaje corriente, no narra su vida solamente, cronológicamente, es una y muchas voces a la vez. En él se encuentra la polifonía pues es la voz del niño indagador, que duda, que juega, que descubre su mundo y que tiene más preguntas que respuestas, también el adolescente que encuentra el amor como un ritual y se asombra en la vivencia, sobre todo con una niña de otra cultura, Mei Li, de quien se enamora y asimila los mitos del arcón de los amantes, encontrado en la tienda china. Mundo de fantasía, erotismo y rituales, a la vez que de asombros, secretos y misterios. Así el joven Antonio entre su formación musical que le ofrece su madre, los sueños y las sincronías de su abuela, las vivencias de su pueblo, se abre camino entre abrojos y recovecos, dejando de lado la troya que le diseñaron para su seguridad, prefirió llegar a la línea entre vida y muerte, solo, sin ayuda, en su propio camino.

Paralelamente a este viaje en su concienciación se abren los viajes físicos por las Antillas y luego por Europa, Francia, Rusia, Alemania, etc. que le permiten enfrentar no solo otras culturas sino su propio proyecto. Es como un viaje circular de encuentros, de vistas panorámicas, de uniones y separaciones, de posesiones y desarraigos, hasta llegar a la muerte, en este caso simbolizado por la abuela Claudia.

"Luego vi el jardín lleno de rostros y cada rostro, solo después de un instante, en su respectiva cabeza y cuerpo. Había una multitud rodeándome que apenas tenía el peso de una enorme sombra. Fue entonces que regresó a mi el recuerdo de aquel sueño de mi niñez, cuando aún estaba en la escuela primaria. Vi, como entonces, que avanzaba por entre un manto de niebla rodeado de rostros desconocidos. También veía como manos y brazos surgían de la niebla, pero no veía ni los pies ni el tronco de cada cuerpo, como si en realidad no hubiera allí nada más que rostros, brazos y manos. Todo era ingrávido y silencioso, aunque los rostros gesticulaban vivamente, y podía ver cada detalle. Nos detuvimos al llegar a un precipicio, más bien como una gigantesca grieta que nos separaba de otra porción de aquella niebla. Sentí que manos y brazos me empujaban suavemente animándome a saltar al otro lado, en donde los rostros me aguardaban con júbilo. Fue entonces que oí por primera vez sus voces, confusas en un enorme coro de susurros. Pero tuve miedo y no quise cruzar." (p.167)

Es el límite entre la vida y la muerte.

El día de la tercera revelación es una novela que rompe con todos los esquemas tradicionales de nuestra literatura y se ubica en el paradigma polifónico de la narrativa contemporánea. Un esquisto ejemplo de creación literaria actual y que ubica a nuestras letras en el ámbito universal con todos los merecimientos del buen narrar. Me agradó sobremanera.

http://heredia-costarica.zonalibre.org/archives/2011/11/el-dia-de-la-tercera-revelacion-novela-del-escritor-costarricense-manuel-marin-oconitrillo.html

Crítaca a "De bestiis" por Benedicto Víquez Guzmán

La novela De Bestiis está configurada bajo el paradigma polifónico. Se estructura en tres partes sin título.

En De Bestiis, los seres imaginarios, los incomprendidos y temidos personajes del bestiario, terminan coincidiendo en el espejo con nuestra imagen asombrada. Así el espacio de la novela se torna laberíntica.

Los críticos acostumbrados a encontrar parecidos e influencias recordarán a Borges y esto, a pesar de ser cierto, no agrega mucho a la creación literaria que el autor ofrece. Así se observan voces de personajes que desde un presente, propio de la enunciación, se crean, se delinean, se personalizan y como en un coro de contrastes y contrapuntos, descubren sus recuerdos, evocaciones, sus tiempos idos y se interiorizan en sus propios laberintos con el fin de reproducir sus imágenes virtuales, apenas sospechadas y escasamente vividas. Una voz se hace presente y evoca:

"Mi nombre es Wolfgang Ungeheuer, y dejo claro desde el principio, que le he sido fiel toda mi vida, y que quizá es lo único de lo que estoy orgulloso, si es que a mi edad eso tiene alguna importancia. Anoche, al mirarme al espejo, mi reflejo estaba ausente, era otro quien ocupaba mi sitio, alguien demasiado familiar y cuyo rostro juraría que no he olvidado, aunque no estoy seguro de que tuviera rostro, de que aquellos ojos que me miraban fueran en realidad ojos, tan brillantes, y que a pesar de ello, su luz fuese como la más honda negrura que jamás hubiera visto. Hace ya diez años que me he establecido aquí, y en mí eso es saber donde voy a morir, donde mis recuerdos soltarán el amasijo de ceniza que he sido y dejarán que se lo lleve el viento. Todo aquí es lentitud, igual que si el reino de la ceniza se extendiera por los campos, por todos los valles e inundara los ríos con su sabor amargo, e hiciera de los hombres que habitan sus confines criaturas adormecidas."

Y casi de seguido afirma:

"¡Qué viejo soy, polvo apenas sostenido por recuerdos! No quisiera recordar a veces, en verdad quisiera que en mi todo fuera olvido, que esta larga aventura fuese sólo un terrible sueño."

Y la casa se llenó de bestias, voces, sueños, recuerdos y cobró vida como se fuera un anticuario pero de seres vivos. Una especie de biblioteca vital con una ventana como único ojo que permitía a los habitantes otear el horizonte, contemplar el mundo exterior y armonizar esos dos mundos extraños que tanto impresionaban a sus moradores, perdidos en esos laberintos llenos de espejos.

"Aquella sería la primera bestia de su colección, la primera aberración de tantas que inundarían paulatinamente la biblioteca y luego la casa entera. "Parece que papá no respeta la memoria de nuestra madre y llena la casa de monstruos" solía decir Clara muy a menudo, hasta que ella misma empezó a sentir atracción por la horda de criaturas y fue perdiéndose en un mundo silencioso, apenas de vagos gruñidos y miradas vacías, como si ningún ser habitara ya su hermoso cuerpo, ahora semejante a la concha de un caracol olvidada a la vera del camino."

En el mundo exterior solo aparecen los lugares y las aventuras como vivencias intuidas, sufridas, más deseadas que experimentadas. Así se enlazan interioridad y exterioridad, coexisten, en espacios diferentes pero experimentados:

"Para los que huyen, sólo hay dos caminos hacia la libertad: la locura o la muerte."

Dicho por el personaje cuando de Venecia y las lujuriosas noches con Lilith y la impotencia en los deseos de poseer a Margot, se dirige a África. No solo las imágenes permiten cotejar este dualismo sino hasta los espacios y el tiempo.

Así los personajes recorren sus propios laberintos en el mismo laberinto interior y desde su espacio monótono, rutinario y hasta asfixiante como trascurren los días en la oficina, en la biblioteca se abre el ojo-ventana y les permite salir, escapar y visitar no solo países lejanos sino las mismas casas conocidas como la de su prometida, en el caso de Alexánder, y encontrarse con otros personajes ya desaparecidos como don Tobías que evoca otras dimensiones más cercanas a las pesadillas.

Así abre ese mundo que la semióloga Kristeva llamaba carnavalístico, Menipea y que yo he codificado como polifónico y cercano a la sinfonía. Y el espejo se convierte en su mejor aliado.

Dos mundos llenos de monstruos, uno interior y otro exterior. Este último más conocido, frecuentado y visible. Así Wolfgang no los colecciona porque estos habitan con nosotros en las ciudades y deambulan entre las multitudes y llegan a los bares y cafés de moda. Viven en los espejos porque en definitiva estos monstruos habitan en nosotros, somos nosotros mismos.

Entonces la búsqueda de Wolfgang es contraria a la de su padre. Éste colecciona seres monstruosos reales como el perro de dos cabezas para evadir la monstruosidad que se insinúa en el espejo.

Alexander Suárez, que se puede tipificar como personaje corriente y poco llamativo, descubre en él la señal de la bestia maldita. Lo intuía, lo atisbaba, lo presentía hasta en sus sueños. Las claves de ese laberinto llegaban en todo lo que miraba con relación a este personaje, pero huyó, quizás por temor de penetrar en esas puertas que lo tentaban y así traspasar ese umbral del que no se puede regresar. Hasta que leyó el diario.

En la tercera parte de la novela se abre la noche de la iluminación. Todas las dudas se han despejado, no así en el mundo exterior, como sí lo fue en el mundo interior de Alexander.

Y la novela cierra con una perturbadora afirmación: vivimos un mundo interior y exterior lleno de monstruos, de bestias, e irremediablemente debemos enfrentarlo, pues solo éste existe y, por desgracia y aunque quisiéramos soslayarlo, esa es la naturaleza humana.


"http://heredia-costarica.zonalibre.org/archives/2009/09/manuel-marain-oconitrillo.html">