lunes, 31 de agosto de 2009

La secreta música de la poesía

Lo primero fue el ritmo... luego vinieron la palabra y la música , y desde siempre, han sido inseparables. El simple hecho de hablar implica ritmo y entonación, elentos fundamentales de la música, por lo que su separación es imposible. En esta primera vigilia quisiera mostrarles, desde la perspectiva del músico, la musicalidad existente en la obra poética de Luis Alberto Ambroggio. Leyendo El cuerpo y la letra, antología poética del mencionado poeta, fermentó en mí de repente un tema que había surgido años atrás en alguno de mis desvelos: la música en la poesía. Naturalmente que hay poemas musicalizados, pero no es esto lo que quiero decir, sino que el poema en sí, puede ser visto como una canción cuya música está discretamente oculta, o por lo menos no tan evidente como en una canción con notación musical. Y esta música propia es una parte inseparable del poema, algo sin lo cual, no sería lo que es. Así que, me dije, veamos estos poemas como un músico que se enfrenta a una partitura.
Esta experiencia yo ya la había hecho con anterioridad (y quizá también el lector) pero no deliberadamente, sino como algo connatural a la lectura de un poema.
Pero antes de este encuentro con la música propia, creo necesario dedicarle unas palabras a otra música, mucho más indefinida de un lector a otro, y al mismo tiempo, más íntima: la música evocada. Ésta, a diferencia de la música propia del poema, es aquella que el poema nos evoca, pues es injusto decir que un poema evoca solo imágenes, como si éstas fueran parte de una película del cine mudo, y además en blanco y negro. Sabenos que no es cierto, que cada evocación está compuesta de elementos que apelan a nuestros cinco sentidos, o más, en quien disponde de otros...
Consideremos entonces el siguiente poema tomado de El cuerpo y la letra:

LA DESNUDEZ DEL ASOMBRO
A Claribel Alegría

Los pies, las manos,
las manos de la mano,
los sudores del vientre enamorado
lo que puebla el reino de los ojos,
las nubes de rayos húmedos
adentro de los cuerpos,
la liturgia de los tactos,
la piel en el surco del silencio
a las una de la noche de mi noche
las criaturas de los tiempos,
las creaciones sin tiempos,
esas que sobreviven plagas,
cruces, sables, campanas y cristales,
ellos, ellas, todos
somos un secreto de amor
a ser descubiertos
con lento asombro.


Vemos aquí un poema de gran limpidez estilística, de cristalino discurrir, lleno de pequeños asombros a cada paso:
...las manos de la mano...
...la piel en el surco del silencio...

Un poema pleno de imágenes liberadas, fruto de la imaginación pura y el osado aciercamiento a la escencia de las cosas (al neúmeno, a lo inconmensurable, a lo sublime), que produce nuestra catarsis, (en donde las evocaciones no son más que lo reconocible de nuestra purga de pasiones), y con ella se libera la música evocada, y aún más, la música imaginada, esa para la cual no tenemos recuerdos y nace de la catarsis pura. En cada lector reside ese poder evocador, a veces demasiado dormido, por lo que, amén de la voluntad, la creatividad e imaginación de cada lector, podemos afirmar que el nivel de evocación está en relación directa al poder evocador del poema. Es este el caso de la poesía de Luis Aberto Ambroggio, que a cada paso nos sorprende, precisamente cuando creíamos haber, por adelantado, aprehendido la totalidad del poema.

Para hablarles de la música propia, primeramente, quisiera esbozar los elemento que usaré posteriormente para escuchar la música propia de la poesía ambroggiana. Comenzaré con lo que llamaré musicalidad intrínseca o melodia del poema, que es la música que el poema posee por sus características gramaticales: distribución de fonemas, métrica, etc. Pero no solamente es posible apreciar esta música desde la perspectiva filológica, y como muestra, he aquí una de las redondillas más famosas de Sor Juana Inés de la Cruz, de la que bastará un fragmento para ilustrar el tema:

Hombres necios que acusáis-7
a la mujer, sin razón,-7
sin ver que sois la ocasión-7
de lo mismo que culpáis;-7

La métrica del poema es la que en primera instancia determina su ritmo melódico, y con ella entran en juego la sinalefa, la dialefa, la sinéresis, etc, que aquí obviaremos, para concentrarnos en aspectos propiamente musicales. Baste decir que se trata de un poema isosilábico de siete sílabas por verso (heptasílabos).
Una de las primeras cosas que se observa en una melodía es la dirección de la música: ¿hacia dónde va la frase? Así que marquemos las frases musicales.
Si agrupamos como sigue:

Hombres necios que acusáis a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasiónde lo mismo que culpáis;

tenemos varios posibles fraseos. Los más evidentes son:
Ternario:

Hombres necios* que acusáis a la mujer,* sin razón,
sin ver* que sois la ocasión *de lo mismo que culpáis;

Binario:

Hombres necios que acusáis* a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión* de lo mismo que culpáis;

Las divisiones hechas corresponden a la separación de las oraciones subordinadas, intencionalidad, inflexiones de la voz o respiraciones. Ahora, si se combinan, tendríamos:

Hombres necios que acusáis* a la mujer, sin razón,

que es la división original de los versos, en donde la coma puede ser señalada por una inflexión.

sin ver* que sois la ocasión *de lo mismo que culpáis;

Aquí: que sois la ocasión, al acentuarse con un color diferente en la voz (por ejemplo u otra velocidad de lectura), resaltará la ironía de la frase. Hay, desde luego, muchos otros posibles fraseos, pero es el fraseo natural, que respeta la naturaleza de las palabras y la respiración natural del hablante el más apropiado. De lo contrario tenemos cosas como:

tata-tata-tata-tá
tata-tata-tata-tá
tata-tata-tata-tá
tata-tata-tata-tá

y así más o menos todo el poema. ¿En dónde están las intenciones, la ironía, la malicia, el doble sentido? ¿Cuántas lecturas así cercenan por doquier la música de los poemas? El lector podrá ahondar en el tema rítmico en la poesía en El lugar del encuentro, de Mauricio Rosenmann Taub; Pfau Verlag.
Ahora bien, el tema del fraseo nos lleva por nuevos caminos hasta desembcar en el verso libre, y aquí, uno de las primeras herramientas fue la silva, que combina la métrica endecasílaba y heptasílaba. La silva confiere una aire realmento moderno, y durante el siglo de oro, poetas como Luis de Góngora y Argote la utilizaron en su afán de impugnar las formas dominantes. Así, Las soledades nos ilustran este y otros aspectos que posteriomente veremos en la poesía ambroggiana, que plantea, más que una completa inmersión en el verso libre (apesar de que sí posee poemas de versiicación libre), una ampliación de la métrica, siendo su poesía más bien anisosilábica, que completamente libre. Con ello, me parece, Luis Alberto Ambroggio mantiene un vivo vínculo con la poesía popular y las predominancias naturales de la lengua española: modero, pero siempre hispano.


Fragmento de Soledad primera:

Del siempre en la montaña opuesto pino- 11
al enemigo Noto, -7
piadoso miembro roto -7
breve tabla, delfín no fue pequeño -11
al inconsiderado peregrino -11
que a una Libia de ondas su camino -11
fió, y su vida a un leño. -7

El alternar de las métricas, aunque limitadas, le confiere un aire de inquitud al poema, de constante movimiento. Nótese además como el verso, que a una Libia de ondas su camino, contrariamente a los versos de Sor Juana antes vistos, en donde todos eran frases completas, aquí se fragmenta para sostener la rima, y el verbo (fió) se agrega en el verso siguiente, con la consecuente fragmentación de la frase. Esta prolongación de la frase hasta el siguiente verso, en la poesía anisosilábica, pero no necesariamente de verso libre, tiene el efecto que produce en la música la hemiola o la síncopa entre dos compases.
Este fenómeno también está presente en la poética de Luis Alberto Ambroggio.

En el fragmento de Los tres esposos de la noche.
Habla la leyenda
de una mujer morena apetecida,
Noche. Seduce los espíritus
con sus joyas profundas y brillantes.

Otro fragmento de mismo poema:
Y de la Noche (de su vientre hermoso)
y el Otro, nace una hija, que llaman Tierra.


En la poesía contemporánea, conviven las métricas tradicionales con la versificación libre. Walt Whitman fue uno de los primeros en abrazar la libre versificación, y al respecto, Mallarmé dijo:
Asistimos ahora a un espectáculo verdaderamente extraordinario, único, en la historia de la poesía: cada poeta puede esconderse en su retiro para tocar con su propia flauta las tonadillas que le gustan; por primera vez, desde siempre, los poetas no cantan atados al atril. Hasta ahora –estará usted de acuerdo- era preciso el acompañamiento de los grandes órganos de la métrica oficial. ¡Pues bien! Los hemos tocado en demasía, y nos hemos cansado de ellos.
Luego, Luis Cernuda agregará:
Si en el verso hay música, mi preferencia se orientó hacia la «música callada» del mismo.

Y ahora que usted posee los elementos básicos para leer la partitura poética, le dejo con uno de los poemas de Luis Alberto Ambroggio, quien gentilmente ha permitido su reproducción en este espacio. He dejado marcas para recordar un poco las herramientas esbozadas, si bien son simplemente del fraseo que propongo. Luego, querido lector, quedará usted a solas con sus evocaciones, con los fraseo que usted mismo proponga a esa música maravillosa, que solo usted secretamente escuchará.


LOS TRES ESPOSOS DE LA NOCHE
“Negra cabellera enamorada” Borges

Habla la leyenda
de una mujer morena apetecida, (hemiola)
Noche.* Seduce los espíritus
con sus joyas profundas y brillantes.*
Innumerables son los pretendientes.*
Luz negra apasionada,
en un cielo donde lo prohibido no se escribe.*
Madre de los dioses,* Hesíodo la llamaba.
Diosa que también es aventura.*
Dama voluptuosa *de ferviente dominio*
viste de negro para ocultar sus llamas.*
Enamora con mansas brisas
y se une en orgasmos de luna llena.*
Los planetas inflamados son testigos.*
La Noche *que nunca fue virgen,
visita con frecuentes hechizos.*
Es un error creer* que sólo se comporta
como cómplice pasiva
de humos ajenos,*
de cautelas olorosas,*
de palomas insaciables*
de dóciles acontecimientos,*
de diálogos húmedos
de la penumbra espesa*
que tiene manos, *lengua, *vapores rojos,*
carnes que gritan
gotas de incendio en hornos desvelados.*
Fueron tres sus esposos,*
dicen los vikingos en su leyenda.*
De la noche el primero, *Naglfari,*
un príncipe azul o dorado, *deseado mancebo.*
Satisfizo su ilusa inocencia de amante
en un lapso, *fugaz e intenso
como se doma un fuego joven.*
Con él tuvo un hijo amplio,* incierto,*
puro *–Espacio su nombre–*
cual la vida por delante
después de romper el compromiso.*
La unión duró un momento oportuno
(y no más),* enfatiza el mito.*
Ella,* Noche de muchos,* la cortó una vez agotado
el salvajismo sin experiencia de los músculos*
que penetraron sus fibras oscuras,* enardecidas,*
hasta el fondo de lo que es superficialmente penetrable.*
Su misterio de mujer permanece en ella,*
inagotable,* atractiva tras la cabellera desatada.*
Libre ya, *busca alguien que la consuma y aparte.*
La noche conquista.*
Bóveda suave de secretos*
oculta las semillas del bien y el mal en sus caprichos.*
El segundo esposo,* como en los concursos,
es el que más interesa.*
Su nombre es “el Otro” *(no tiene otro nombre),
según la leyenda antigua.*
Alguien supremamente desconocido
con quien la intimidad puede ser absoluta.*
Oído, *paño, *agua y fuego en el desierto,*
cuerpo de fiesta que anima el recinto descuidado.*
La noche se le entrega osada, *disuelta,*
valles y cielos se conjugan
en oscuro juego sin fronteras.*
Pájaros, *chicharras, *silbidos lejanos,* cantan, *festejan;*
vientos nocturnos, *respiraciones, *pálpitos negros mecen
la seguridad cómoda que el anonimato enardece.*
Fácil la entrega.* No la acechan ansiosos interrogantes.*
Con el Otro sabroso un manjar comparte
de ardores secretos.* El silencio no duerme.*
A veces apaga cobardemente los brillos.*
Y de la Noche* (de su vientre hermoso)
y el Otro,* nace una hija, que llaman Tierra.*
La trágica tierra, *hija de la noche y el Otro,*
casi huérfana y a menudo confundida.*
En la mitología vasta,* también Odín, fue padre
de una hija cuyo nombre era tierra.*
No discute la leyenda si hubo un divorcio*
ni la desnudez indescifrable de sus bodas,*
mas sí que por fin *la Noche, en su madurez *opta
por escoger un tercer cónyuge aceptable,*
rubio de raza, *brillante,* prometedor,* vikingo*
(en conformidad con los cánones casamenteros de las
madres).*
Amanecer, *Delling, *su nombre preciso;*
nombre reflejo del alma, *poder en letras y sílabas,*
pausas y horas destinadas.*
“The third time is the charm”, *dirían en inglés las lenguas
chismosas.*
Y del Amanecer y la Noche, *diosa acogedora y llena,*
nace Día,* como si de la muerte brotase
una blancura concreta y explosiva.*
Nace con todos sus dientes.*
Desnudo como niño y como liberada doncella
tomando el sol a sus anchas.*
A la familia del padre se parece.*
Hundidos tras ariscas decisiones, *sus esposos muertos,*
la Noche fértil perdura en el Espacio, *la Tierra y el Día.*
Los nacimientos y las muertes de la Noche
no tienen hora,* se pierden, *se alargan
en la embriagante negrura donde todo crece.*
Quienes gozan el amor intenso de sus caricias oscuras*
sufren un ardor oculto bajo su cuerpo robusto y suave,*
cuerpo de luz y de tinieblas.*
(Roque Dalton amó a la vez cuatro mujeres lejanas).*
La noche, *madre y esposa.*
Las tibias sombras que cobijan magias y paradojas* inventan
poblaciones invisibles y ciertas,*
el paraíso y el infierno.*
Negra cabellera enamorada,*
la Noche siempre se casa tres veces.*
Su piel es como la nuestra.*
La leyenda no termina. *Queremos hijos.*

Página oficial de Luis Alberto Ambroggio
http://www.luisalbertoambroggio.com/